China acaba de crear una organización internacional dedicada a la inteligencia artificial. Podría parecer otra cumbre llena de discursos, fotografías y declaraciones grandilocuentes, pero el movimiento tiene bastante más importancia: la carrera de la IA ya no consiste únicamente en desarrollar el mejor modelo, sino en conseguir que el resto del mundo utilice tu tecnología y acepte tus reglas.
Un total de 29 países han firmado la creación de una organización intergubernamental impulsada por Pekín que pretende coordinar el desarrollo, la implantación y la gobernanza internacional de esta tecnología.
No están Estados Unidos ni las principales potencias europeas. Sí aparecen países próximos a China, miembros y socios de los BRICS y distintas economías de Asia, África y América Latina. Es decir, buena parte de ese Sur Global al que Pekín lleva años presentándose como una alternativa a la dependencia tecnológica occidental.
China no solo quiere competir en inteligencia artificial. Quiere construir uno de los bloques que decidirán cómo se utilizará.
China ya tenía la tecnología; ahora busca aliados
Hace tiempo que el ascenso chino dejó de poder resumirse en DeepSeek.
China ha desarrollado un ecosistema mucho más amplio, formado por modelos abiertos, fabricantes de chips, centros de datos, servicios en la nube, aplicaciones y compañías como Huawei, Alibaba, Baidu o Moonshot AI. Aunque todavía depende en algunos ámbitos de tecnología extranjera y continúa sufriendo las restricciones estadounidenses sobre semiconductores avanzados, ya puede ofrecer a otros países una alternativa razonablemente completa.
Lo contamos hace poco en China quiere convertir la IA abierta en su nuevo poder global: Pekín no está intentando limitarse a crear buenos modelos, sino levantar un ecosistema que pueda competir con el estadounidense.
La nueva organización es el siguiente paso lógico. Una vez construida la tecnología, toca exportar el ecosistema que la sostiene.
El proyecto pretende facilitar la cooperación en infraestructuras, formación, estándares y acceso a herramientas de inteligencia artificial. El mensaje de Pekín resulta fácil de entender: mientras Estados Unidos restringe el acceso a determinados chips y Europa aumenta las exigencias regulatorias, China se ofrece a compartir modelos, conocimientos e infraestructura.
No se trata solamente de generosidad tecnológica. Cada país que adopta modelos, servidores, chips o plataformas chinas entra un poco más en su esfera de influencia.
La historia ya la conocemos. Durante décadas, las grandes potencias utilizaron carreteras, puertos, oleoductos, telecomunicaciones y ayuda financiera para construir alianzas. Ahora también pueden hacerlo mediante centros de datos, modelos abiertos y capacidad de computación.
Estados Unidos quiere quedarse con la infraestructura
Estados Unidos está siguiendo una estrategia diferente.
No ha creado una organización internacional equivalente a la china. Su principal ventaja continúa estando en sus empresas: Nvidia controla buena parte de los chips más avanzados, mientras OpenAI, Google, Anthropic, Microsoft, Amazon, Meta y Oracle concentran algunos de los modelos y plataformas más importantes del mercado.
Washington protege esa posición limitando la exportación de semiconductores y tecnologías sensibles, especialmente hacia China. Al mismo tiempo, está intentando levantar dentro de su territorio la infraestructura necesaria para que la próxima generación de modelos siga dependiendo de empresas estadounidenses.
El mejor ejemplo es Stargate, el proyecto presentado por OpenAI, SoftBank y Oracle con la intención de invertir hasta 500.000 millones de dólares durante cuatro años en centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial.
La cifra necesita un matiz: no son 500.000 millones ya depositados ni gastados, sino un objetivo de inversión progresivo. Aun así, la apuesta estadounidense es clara: controlar los componentes más difíciles de sustituir, desde los chips hasta los centros de datos, la energía, la nube y los modelos de frontera.
China busca atraer países prometiendo acceso y cooperación. Estados Unidos quiere que la infraestructura más potente siga pasando por sus empresas.
Son estrategias distintas, pero persiguen algo parecido: crear dependencias.
Europa quiere que todos jueguen con sus reglas
La Unión Europea está en una posición más incómoda.
No dispone de empresas capaces de competir en igualdad de condiciones con OpenAI, Google, Nvidia o los grandes grupos chinos. Tampoco parece preparada para movilizar inversiones comparables a Stargate. Su principal herramienta de influencia es otra: la regulación.
El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, conocido como AI Act, establece obligaciones relacionadas con la transparencia, la seguridad, la supervisión humana y la protección de los derechos fundamentales. También introduce exigencias específicas para los modelos de propósito general y para aquellos que puedan presentar riesgos sistémicos.
Europa confía en repetir lo que ya consiguió parcialmente con la protección de datos: que las empresas adapten sus productos a las normas comunitarias y terminen aplicando criterios similares en otros mercados.
Es el conocido como efecto Bruselas. La Unión Europea quizá no fabrique la tecnología dominante, pero su mercado es lo suficientemente importante como para influir en cómo se diseña.
El problema es que este poder tiene límites. Una regulación demasiado compleja también puede retrasar la adopción, elevar los costes y dificultar que aparezcan grandes compañías europeas capaces de competir internacionalmente.
Europa quiere una inteligencia artificial segura y respetuosa con los derechos. La pregunta es si podrá imponer sus normas sin quedarse definitivamente rezagada en su desarrollo.
La ONU intenta evitar un mundo dividido
Por encima de todos estos bloques aparece Naciones Unidas, que intenta construir un espacio de coordinación verdaderamente global.
La ONU ha puesto en marcha el Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial y trabaja también en un panel científico internacional para reunir evidencia independiente sobre las capacidades, los riesgos y las consecuencias económicas y sociales de la IA.
La idea recuerda, salvando las distancias, al trabajo internacional realizado alrededor del cambio climático: crear una base de conocimiento común y un lugar donde gobiernos, científicos, empresas y organizaciones civiles puedan discutir reglas compartidas.
El objetivo tiene sentido. La inteligencia artificial no entiende demasiado bien de fronteras. Un modelo desarrollado en California puede utilizarse en Madrid, Nairobi o Buenos Aires. Un sistema de desinformación creado en un país puede afectar a unas elecciones celebradas en otro. Y una carrera descontrolada por desarrollar modelos cada vez más potentes puede generar riesgos que ningún Estado sea capaz de gestionar por separado.
Pero la ONU se enfrenta al problema de siempre: tiene legitimidad internacional, pero muy poca capacidad para obligar a las grandes potencias.
Puede promover acuerdos, principios y mecanismos de cooperación. No puede impedir por sí sola que Estados Unidos limite la exportación de chips, que China construya su propia organización o que Europa apruebe normas diferentes.
Mientras Naciones Unidas intenta encontrar un mínimo común, los grandes bloques ya están levantando sus respectivos ecosistemas.
No están intentando gobernar la misma inteligencia artificial
China, Estados Unidos, la Unión Europea y Naciones Unidas coinciden en algo: la IA es demasiado importante como para dejarla completamente al margen de la política.
Sin embargo, no persiguen exactamente el mismo objetivo.
China presenta su propuesta como una vía de acceso para los países en desarrollo, pero también intenta ampliar su influencia y convertir sus estándares en una alternativa a los occidentales.
Estados Unidos protege su liderazgo industrial, controla el acceso a los chips más avanzados y confía en que sus empresas continúen siendo la infraestructura básica de la economía digital.
La Unión Europea utiliza su enorme mercado para intentar imponer límites relacionados con la seguridad, la transparencia y los derechos fundamentales.
La ONU busca una gobernanza común que evite una fragmentación completa, aunque no dispone del poder necesario para dirigir por sí sola el proceso.
La consecuencia puede ser un mundo dividido entre diferentes modelos de inteligencia artificial: sistemas estadounidenses más cerrados y ligados a grandes compañías privadas; herramientas chinas más abiertas, pero vinculadas a la infraestructura y los intereses de Pekín; y una capa regulatoria europea que intente condicionar a ambos.
La batalla no es por tener el mejor chatbot
Durante los últimos años hemos contado la carrera de la inteligencia artificial como una competición entre empresas. OpenAI contra DeepSeek. Nvidia contra Huawei. ChatGPT contra Gemini.
Pero esas compañías son solo la parte visible.
Por debajo se está librando una disputa mucho mayor por controlar los chips, la energía, los centros de datos, los estándares y las relaciones de dependencia que acompañarán a esta tecnología.
La creación de una organización internacional impulsada por China confirma que la inteligencia artificial ya forma parte de la política exterior. Los países no solo negocian tratados comerciales, inversiones o acuerdos militares. Ahora también negocian acceso a modelos, capacidad de computación, infraestructura digital y condiciones para utilizarla.
Durante décadas, el poder mundial se midió por el petróleo, la industria, las armas o el control de las rutas comerciales. En los próximos años también se medirá por quién controla los chips, los modelos de inteligencia artificial y las reglas con las que funcionará el mundo digital.
La carrera ya no consiste únicamente en crear la mejor IA. Consiste en conseguir que el resto del planeta utilice la tuya.