El Mundial es un espectáculo, pero no un show

La FIFA acertó al querer convertir la final del Mundial en una celebración todavía más grande. El problema fue organizar dos ceremonias desconectadas, acumular actuaciones sin un relato común y olvidarse de que el fútbol, los países anfitriones y las selecciones finalistas debían ser los verdaderos protagonistas.

Antes de la final escribí sobre la intención de la FIFA de estrenar un gran espectáculo durante el descanso. La comparación con la Super Bowl era inevitable: el torneo se celebraba en Estados Unidos, el cartel estaba lleno de estrellas y el intermedio tradicional iba a convertirse en algo mucho más ambicioso.

La idea me parecía interesante entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Un Mundial ya es mucho más que una competición deportiva. Reúne culturas, llena ciudades y consigue que medio planeta mire hacia el mismo lugar durante unas semanas. No me molesta que la FIFA quiera engrandecerlo con música, tecnología y una producción espectacular.

El problema no fue querer hacer un espectáculo. El problema fue convertirlo en un show sin demasiado sentido.

Muchas estrellas, poca historia

La final tuvo una ceremonia antes del comienzo y otra durante el descanso. Sobre el papel, aquello prometía convertir el partido en un acontecimiento inolvidable. En la práctica, parecieron dos productos independientes colocados alrededor del fútbol.

La ceremonia previa reunió a Post Malone, Jennifer Hudson, Robbie Williams, Nicole Scherzinger, Laura Pausini e IShowSpeed. En el descanso llegaron Madonna, BTS, Justin Bieber, Shakira, Burna Boy, Gustavo Dudamel, Chris Martin y hasta los Muppets.

El cartel era enorme, pero reunir nombres conocidos no significa construir una buena ceremonia. Faltó una historia que conectara todo aquello. Había música, fuegos artificiales y famosos, pero muy poco de Estados Unidos, México y Canadá como países organizadores, y todavía menos de España y Argentina, las dos selecciones que iban a jugar la final.

El espectáculo televisado estaba planteado como una producción de unos once minutos, pero el descanso completo superó los 27. Con tantos artistas y tan poco espacio, todo avanzó con prisa. Una crítica de Entertainment Weekly resumía bien el problema: demasiadas estrellas y apenas tiempo para que alguna actuación respirara.

Había tanto que enseñar que casi nada tuvo tiempo de significar algo.

El fútbol no es la NFL

Los estadounidenses son probablemente los mejores del mundo convirtiendo un acontecimiento deportivo en una gran producción. El fútbol puede aprender mucho de ellos, pero no debería copiar su modelo sin adaptarlo.

La NFL está construida alrededor de interrupciones constantes. El fútbol, en cambio, crea una tensión continua durante 45 minutos. Alargar el descanso para colocar un concierto supone detener durante casi media hora la historia que realmente estamos siguiendo.

Eso no significa que cualquier cambio sea malo. Las pausas de hidratación, por ejemplo, podrían aprovecharse mejor: escuchemos las instrucciones de los entrenadores, veamos los ajustes tácticos y acerquémonos a lo que ocurre dentro del partido. Eso también es espectáculo, pero uno que ayuda a entender el fútbol.

Una final con identidad propia

La ceremonia debería recordarnos dónde se disputa el torneo, quiénes han llegado hasta el último partido y qué ha ocurrido durante las semanas anteriores. La propia FIFA presentó el cierre como una celebración de los tres países y las dieciséis ciudades anfitrionas, pero esa idea quedó diluida entre tantas actuaciones.

España y Argentina tampoco eran dos equipos esperando mientras actuaban varias estrellas internacionales. Eran el motivo por el que millones de personas estaban viendo la televisión. Sus aficiones, su cultura y su camino hasta la final podían haber formado parte del relato.

Ese fue el mayor problema: el espectáculo tenía escala mundial, pero apenas tenía identidad.

Otro formato es posible

Yo concentraría la gran producción antes del partido. Ese es el momento de celebrar el Mundial como una fiesta global, con una ceremonia construida alrededor de los países organizadores, las selecciones finalistas y la historia del torneo.

El descanso debería cumplir otra función: un repaso breve de los mejores goles, las sorpresas, las aficiones y el camino de los dos finalistas. Algo emocional que nos devuelva al partido, no que nos haga olvidarlo.

Y reservaría la última gran actuación para después de la entrega del trofeo.

Imaginemos la escena: España levanta la Copa, comienza a sonar la canción oficial del Mundial y Shakira aparece sobre el escenario. El estadio se llena de confeti, los jugadores siguen celebrando sobre el césped y las gradas se convierten en una fiesta.

Ahí la música no interrumpiría el fútbol. Prolongaría su emoción. No sería un concierto incrustado en mitad de una final, sino la última escena de la propia final.

La idea merece continuar

La FIFA no debería abandonar el experimento. Ha demostrado que puede reunir a grandes artistas, levantar una producción mundial y atraer a espectadores que normalmente no siguen el fútbol. Además, el espectáculo estaba vinculado al Fondo de Educación de FIFA y Global Citizen, una dimensión social que también merece ser reconocida.

La idea era buena. Lo que falló fue la manera de ejecutarla. Para 2030 no hace falta sumar todavía más artistas ni copiar mejor la Super Bowl. Hace falta construir una ceremonia con principio, desarrollo y final: más protagonismo para los países organizadores, más espacio para los finalistas y más memoria del torneo.

Porque el Mundial ya es uno de los mayores espectáculos del planeta. No necesita transformarse en otra cosa para parecer más grande.

El Mundial es un espectáculo, pero no un show.

Deja un comentario