Por qué la guerra con Irán no termina nunca

Hace apenas unas semanas parecía que Estados Unidos e Irán habían encontrado una salida. Se anunció un alto el fuego, comenzaron las conversaciones y durante unos días dio la sensación de que la guerra podía terminar. Sin embargo, lo firmado en junio no era un tratado de paz ni resolvía las causas del conflicto. Era un memorando provisional para detener los ataques mientras se negociaban los asuntos que seguían pendientes.

El problema es que ambas partes interpretaron aquella pausa de forma diferente. Estados Unidos esperaba que Irán garantizara la libre circulación de los barcos comerciales por el estrecho de Ormuz. Teherán reclamaba a cambio un alivio efectivo de las sanciones, acceso a sus ingresos petroleros y garantías frente a nuevos ataques. El memorando dejó además fuera cuestiones tan importantes como el programa nuclear iraní, los misiles y la relación de Irán con sus aliados regionales.

El acuerdo no solucionó el conflicto. Simplemente aplazó la discusión sobre quién debía ceder primero.

El lugar por el que pasa buena parte de la energía mundial

El estrecho de Ormuz conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. Por allí circula alrededor del 20% de los suministros energéticos mundiales, por lo que cualquier ataque, bloqueo o amenaza en la zona repercute rápidamente en el petróleo, el transporte y la inflación.

La cuestión jurídica tampoco es tan sencilla como decir que el estrecho pertenece a Irán. La costa norte es iraní y la península de Musandam, situada al sur, pertenece a Omán. Como el canal es muy estrecho, los barcos atraviesan aguas territoriales de los Estados ribereños, pero eso no les concede un derecho ilimitado a detener la navegación internacional.

La Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece el denominado paso en tránsito para los estrechos utilizados por la navegación internacional. Los barcos y las aeronaves pueden atravesarlos de forma continua y rápida, mientras que los países ribereños conservan su soberanía y pueden regular aspectos relacionados con la seguridad, el tráfico o la contaminación. Lo que no pueden hacer, según la convención, es suspender ese tránsito.

Irán no ha ratificado esta convención y mantiene una interpretación más restrictiva sobre el paso de determinados barcos. Estados Unidos tampoco la ha ratificado, aunque sostiene que la libertad de tránsito por los estrechos internacionales forma parte del derecho internacional consuetudinario.

Ahí aparece uno de los grandes choques. Washington considera que Ormuz debe permanecer abierto sin ataques, permisos selectivos ni restricciones impuestas por Irán. Teherán entiende que renunciar a toda capacidad de presión sobre el estrecho supondría entregar una de sus principales herramientas de negociación.

Irán no quiere perder su mejor carta

Irán sabe que no puede competir con Estados Unidos en una guerra convencional prolongada. Su capacidad de respuesta se apoya en misiles, drones, aliados regionales y la posibilidad de alterar las rutas energéticas de las que depende buena parte de la economía mundial.

Ormuz es, por tanto, su gran carta. Mientras el tráfico funciona con normalidad, las sanciones pueden castigar la economía iraní sin causar un daño comparable al resto del mundo. Cuando el tránsito se reduce, el coste también se traslada a Estados Unidos, Europa, China, los países del Golfo y, sobre todo, a las economías asiáticas que dependen de la energía transportada por esa ruta.

Por eso Teherán no quiere renunciar a su capacidad de presión antes de recibir algo a cambio. Busca un alivio estable de las sanciones, acceso al dinero procedente de sus exportaciones, reconocimiento de un programa nuclear civil y garantías de que Estados Unidos o Israel no reanudarán los ataques cuando Irán haya perdido sus instrumentos de respuesta.

Estados Unidos exige el orden contrario. Primero quiere que Irán deje de atacar barcos y garantice el tránsito comercial. Solo después estaría dispuesto a negociar concesiones económicas y políticas. La tregua se ha roto precisamente porque ambos quieren que el otro cumpla primero y ninguno confía en que vaya a cumplir después.

Una tregua construida sobre la desconfianza

El conflicto tampoco gira únicamente alrededor de un estrecho marítimo. Estados Unidos quiere limitar el enriquecimiento de uranio de Irán, su capacidad de fabricar misiles y su influencia militar en Oriente Próximo. Irán considera que esas capacidades son precisamente las que impiden que sus enemigos puedan atacarlo sin sufrir consecuencias.

Washington cree que la presión económica y militar obligará a Teherán a aceptar peores condiciones. Irán espera que resistir, encarecer la guerra y mantener la tensión energética termine obligando a Estados Unidos a ofrecer un acuerdo mejor. Los dos utilizan la escalada para reforzar su posición negociadora, aunque esa estrategia hace más difícil detener los ataques.

Eso explica una situación que parece contradictoria: se bombardean mientras siguen hablando. Pakistán, Qatar, Egipto y Omán mantienen abiertos distintos canales diplomáticos y la Casa Blanca reconoce que los contactos continúan. Sin embargo, estas conversaciones conviven con ataques contra barcos, infraestructuras y objetivos situados en otros países del Golfo.

No estamos ante dos gobiernos que hayan descartado negociar. Estamos ante dos gobiernos que quieren llegar a la negociación después de haber debilitado suficientemente al contrario.

Qué tendría que ocurrir para que esto pare

Una paz duradera necesitaría mucho más que anunciar otro alto el fuego. Lo primero sería una tregua verificable, con observadores, comunicaciones directas y un procedimiento que permita investigar cada incidente. No basta con prometer que cesarán los ataques mientras cualquier disparo contra un barco puede provocar una nueva campaña de bombardeos.

Después habría que acordar el funcionamiento de Ormuz. Irán tendría que aceptar el tránsito seguro de los barcos comerciales y renunciar a utilizar el estrecho como un bloqueo permanente. Estados Unidos tendría que aceptar que la libertad de navegación no equivale a poder controlar militarmente toda la zona ni decidir unilateralmente qué barcos pueden relacionarse con Irán.

El alivio de las sanciones tendría que aplicarse por fases y estar vinculado a medidas comprobables. Irán difícilmente entregará sus cartas de negociación a cambio de una promesa que otro Gobierno estadounidense pueda retirar unos años después. Washington tampoco levantará las restricciones sin garantías sobre la navegación, el programa nuclear y los ataques iraníes.

También harían falta inspecciones nucleares internacionales, límites claros al enriquecimiento de uranio y garantías de seguridad que incluyan a Israel y a los países del Golfo. Un acuerdo entre Washington y Teherán serviría de poco si alguno de sus aliados pudiera iniciar otra escalada unas semanas más tarde.

Sobre todo, tendría que cambiar el objetivo de ambas partes. Mientras Estados Unidos crea que puede forzar una rendición mediante bombardeos y sanciones, e Irán piense que puede obtener una victoria poniendo en riesgo el comercio mundial, cada tregua tendrá fecha de caducidad.

Por qué parece que nunca termina

La guerra parece interminable porque ninguna de las partes puede conseguir completamente lo que busca. Estados Unidos puede destruir puentes, puertos, bases e infraestructuras iraníes, pero difícilmente puede eliminar toda su capacidad para lanzar misiles, utilizar aliados o amenazar las rutas marítimas. Irán puede causar daños y alterar el mercado energético, pero no tiene capacidad para derrotar militarmente a Estados Unidos.

Ninguno puede ganar del todo y ninguno quiere reconocer que tampoco puede imponer una derrota completa al otro. Por eso el conflicto vuelve una y otra vez al mismo punto: ataques, amenazas, mediación, una tregua débil y nuevas acusaciones de incumplimiento.

La salida existe, pero exige algo que hasta ahora ninguna de las partes parece dispuesta a aceptar: renunciar a una victoria absoluta y conformarse con un acuerdo imperfecto. Hasta que eso ocurra, cualquier paz será poco más que una pausa entre dos fases del mismo conflicto.

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