Los festivales ya no son solo para quienes aman la música

Fui al Bilbao BBK Live por una despedida de soltero, sin conocer a buena parte del cartel y sin ser especialmente aficionado a los conciertos. Terminó siendo la mejor decisión posible y, de paso, me ayudó a entender por qué los grandes festivales ya no venden únicamente música.

No fui al Bilbao BBK Live por la música. Fui porque celebrábamos la despedida de soltero de un amigo y nos pareció una alternativa bastante mejor que organizar el típico fin de semana de discotecas, actividades forzadas y disfraces que terminan dando vergüenza ajena.

Tampoco había estudiado el cartel ni llevaba una lista de conciertos imprescindibles. Conocía a algunos artistas, evidentemente, pero no soy especialmente aficionado a pasar horas delante de un escenario y buena parte de los nombres me sonaban poco o directamente nada.

Aun así, elegir el BBK para la despedida fue la mejor decisión posible. No porque descubriera de repente una pasión oculta por los conciertos, sino porque comprobé que un festival actual puede disfrutarse perfectamente sin ser un gran aficionado a la música.

Creo que esa es precisamente la gracia. Los grandes festivales ya no están pensados únicamente para quienes siguen a todos los grupos, conocen las canciones y organizan cada jornada mirando los horarios. La música sigue siendo la columna vertebral, pero alrededor de ella se ha construido una experiencia en la que prácticamente cualquiera puede encontrar su sitio.

Una despedida de soltero que no dependía del cartel

La principal ventaja de celebrar una despedida en un festival es que no necesitas diseñar un plan para cada hora del día. El propio evento te ofrece prácticamente todo: música, comida, bebida, actividades, miles de personas y un ambiente en el que resulta bastante difícil aburrirse.

Además, cada integrante del grupo puede vivirlo de una manera distinta sin que eso suponga separarse completamente del resto. Quien quiere acercarse a un concierto puede hacerlo, mientras otros se quedan tomando algo, recorren el recinto o participan en alguna actividad. Después vuelves a encontrarte y sigues con el día sin sentir que el grupo ha tenido que dividirse para siempre.

En nuestro caso, no necesitábamos que todos conociéramos a los mismos artistas. Podíamos dejarnos llevar, entrar en un escenario porque algo nos llamaba la atención o utilizar la música como acompañamiento mientras disfrutábamos de la experiencia.

Eso elimina uno de los principales problemas de cualquier viaje en grupo: conseguir que todo el mundo quiera hacer lo mismo a la misma hora. En el festival siempre había alternativas, pero todas formaban parte del mismo evento.

Una ciudad temporal en lo alto de Bilbao

La edición de 2026 del Bilbao BBK Live reunió a 112.500 asistentes durante tres jornadas, la cifra más alta registrada por el festival. Según recogió Cadena SER en su balance de la edición, el montaje de Kobetamendi requiere aproximadamente un mes y moviliza a alrededor de 4.000 trabajadores entre escenarios, hostelería, seguridad, zonas VIP, espacios de patrocinadores y el resto de servicios.

Más que preparar una sucesión de conciertos, durante unos días se construye una pequeña ciudad en lo alto de Bilbao. Esa fue precisamente mi sensación al recorrerlo. Los escenarios eran los grandes puntos de referencia, pero entre ellos había multitud de barras, zonas de comida, actividades de patrocinadores y espacios en los que simplemente podías quedarte hablando o disfrutando del ambiente.

No había atracciones, aunque tampoco parecía faltar demasiado para que aquello se acercara a una especie de parque temático para adultos. Lo digo como descripción, no como crítica. La organización funcionaba bien, había variedad suficiente para no sentir que todo consistía en esperar al siguiente concierto y los precios dentro del recinto ni siquiera me parecieron tan exagerados como esperaba.

El festival combinó artistas nacionales e internacionales con estilos muy diferentes, desde el pop y el rock hasta la electrónica. Esa variedad, también destacada en las crónicas de la edición publicadas por Cadena SER, permitía que cada parte del recinto tuviera su propio ambiente y que pudieras descubrir algo nuevo sin haberlo planificado previamente.

La música sigue siendo el centro, pero no hace falta conocerla

Sin artistas no existiría el BBK. Son los conciertos los que marcan los horarios, atraen al público y justifican que miles de personas suban hasta Kobetamendi. Decir que la música ya no importa sería absurdo.

Lo que ha cambiado es que ya no necesitas vivir pendiente de ella para disfrutar del festival. Puedes acercarte a un escenario, escuchar varias canciones y marcharte cuando te apetezca. También puedes utilizar una actuación como punto de encuentro, quedarte en una zona de comida o pasar una parte importante de la jornada hablando con tus amigos.

Probablemente podrías asistir al festival sin ver ningún concierto completo y aun así sentir que has aprovechado el día. Esto no significa que la música sea un adorno, sino que ahora forma parte de un producto mucho más amplio.

El cartel funciona casi como la programación de una ciudad. Siempre hay algo ocurriendo, pero nadie espera que estés presente en todas partes. Unos asistentes construyen su jornada alrededor de sus artistas favoritos, otros van saltando entre escenarios y algunos se dejan llevar sin saber siquiera quién está actuando.

Yo estaba claramente más cerca de este último grupo y nunca tuve la sensación de estar disfrutando mal del festival por ello.

El producto ya no es solo el concierto

Los organizadores han entendido que vender únicamente música limita el público a quienes desean ver a determinados artistas. En cambio, vender una experiencia completa permite atraer también a quienes buscan un viaje con amigos, un buen ambiente o una forma diferente de pasar varios días.

Ahí entran las zonas gastronómicas, los espacios de ocio, la iluminación, la decoración y las actividades impulsadas por los patrocinadores. Las marcas ya no se conforman con colocar su logotipo en una barra o en el lateral de un escenario. Intentan crear lugares en los que el público pueda participar, descansar, hacerse fotografías o llevarse algún recuerdo.

Esta presencia comercial podría resultar agobiante, pero en el BBK me pareció bastante bien integrada. Las actividades estaban ahí y formaban parte del recorrido, aunque no sentí que obligaran a participar ni que hubieran convertido el recinto en un enorme anuncio.

Quizá ayudaba el propio entorno de Kobetamendi. El paisaje, las zonas verdes y la distribución del festival evitaban que todo pareciera una feria comercial construida sobre una explanada. La música seguía marcando el ritmo general, mientras las marcas ocupaban los espacios que quedaban entre un escenario y otro.

Mad Cool, Primavera Sound o Arenal Sound: la música comparte protagonismo

Esta transformación no es exclusiva del BBK. Festivales como Mad Cool, Primavera Sound, FIB o Arenal Sound llevan años ampliando todo lo que sucede alrededor de los escenarios con restauración, zonas de descanso, espacios patrocinados y propuestas pensadas para ocupar buena parte de la jornada.

En Mad Cool esta dimensión resulta especialmente visible por el tamaño y la disposición del recinto. Como explicó El País en su crónica de la edición de 2026, el festival reunió alrededor de 70 bandas durante cuatro jornadas, aunque cualquiera que haya recorrido sus instalaciones sabe que el evento no se explica únicamente contando escenarios.

Hay zonas de ocio, restauración y activaciones de marcas en las que puedes pasar bastante tiempo sin prestar demasiada atención a la programación. La sensación, al menos desde mi experiencia, es más cercana a una gran feria temporal que en el BBK, donde todo me pareció algo más integrado en el entorno. No significa que Mad Cool sea peor, sino que lleva esta fórmula de festival como experiencia global de una manera más evidente.

Primavera Sound mantiene una identidad mucho más ligada a la cultura musical, pero también ha desarrollado un ecosistema amplio de escenarios, espacios profesionales, zonas de electrónica y colaboraciones con patrocinadores. La propia estructura de Primavera Pro demuestra hasta qué punto el festival se extiende más allá de los grandes conciertos, con encuentros profesionales, debates, sesiones de networking y actuaciones.

En FIB y Arenal Sound ocurre algo parecido. Aunque la música continúa siendo la gran protagonista, la experiencia también depende del camping, la convivencia, las actividades de marca, la playa y todo lo que sucede antes y después de las actuaciones. En estos casos, el viaje y el ambiente pueden pesar tanto como el deseo de ver a un artista concreto.

También existen formatos que nacen directamente como eventos híbridos. O Marisquiño, por ejemplo, combina música, deportes urbanos, cultura y competiciones, demostrando que un festival puede construirse alrededor de varias experiencias sin que una tenga que anular a las demás.

Todos parten de una idea similar: el festival debe ofrecer algo incluso a quien no conozca el cartel. Esto resulta especialmente útil cuando viajas en grupo, porque no importa que una persona prefiera el rock, otra la electrónica y una tercera apenas conozca a los artistas. Todas pueden compartir el mismo evento sin depender constantemente de los mismos conciertos.

Abrirse a todo el mundo también los hace más comerciales

Convertir el festival en un plan capaz de atraer a cualquier persona tiene una lectura positiva. Hace que la experiencia sea más accesible para quienes no se consideran melómanos y permite descubrir artistas o estilos que probablemente nunca escucharían en casa.

También refuerza su componente social. No todo consiste en mirar hacia un escenario durante varias horas. Hay tiempo para conversar, conocer gente, reencontrarse con amigos y vivir unos días dentro de un ambiente completamente diferente al habitual.

Sin embargo, esta apertura también responde a una lógica comercial. Cuanto más amplio sea el público potencial, más entradas pueden venderse y mayor resulta el interés de los patrocinadores. Durante tres días, el festival concentra a decenas de miles de personas dispuestas a comer, beber, participar en actividades y compartir contenido en redes sociales.

La música continúa justificando la existencia del evento, pero la experiencia completa es lo que permite ampliar el negocio. Los conciertos atraen al público y todo lo construido alrededor consigue que permanezca muchas horas dentro del recinto consumiendo y participando.

No creo que esto invalide el festival ni que convierta automáticamente la experiencia en algo artificial. Simplemente explica por qué cada edición incorpora más espacios, propuestas y actividades alejadas de los escenarios.

Yo soy precisamente el público que buscan ahora

Si el Bilbao BBK Live hubiera consistido únicamente en encadenar conciertos, probablemente no habría sido nuestra elección para una despedida de soltero. No conocíamos a suficientes artistas como para justificar tres días pendientes del cartel y tampoco era esa la clase de viaje que buscábamos.

Sin embargo, el festival nos ofreció una estructura perfecta para pasarlo bien sin tener que organizar constantemente el siguiente plan. Había música de todo tipo, actividades, comida, bebida y un ambiente en el que cada uno podía encontrar algo que le apeteciera hacer.

En cierto modo, yo soy el público que demuestra la evolución de los grandes festivales. No fui atraído por un artista concreto ni necesitaba escuchar una canción determinada. Fui por una despedida, por compartir el fin de semana con mis amigos y por vivir la experiencia.

La música no dejó de ser importante, pero tampoco necesitaba conocerla para disfrutarla. Servía como hilo conductor de todo lo que ocurría y como excusa para reunir durante tres días a miles de personas en el mismo lugar.

Puede que este modelo haga que los festivales sean más comerciales y que, en ocasiones, todo lo que rodea a los escenarios termine ocupando demasiado espacio. También permite que alguien como yo, que no es especialmente aficionado a los conciertos, vaya por una despedida de soltero y termine pensando que fue la mejor decisión posible.

Los festivales siguen siendo eventos musicales, pero ya no son solo para quienes aman la música. Ahora también son viajes, puntos de encuentro y pequeñas ciudades temporales en las que lo importante no siempre es saber quién está tocando, sino tener buena compañía y dejarse llevar durante unos días.

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