Hay pocas aplicaciones con las que tenga una relación tan contradictoria como X. De hecho, creo que es la única red social que, mientras la estoy usando, me hace pensar constantemente que debería borrarla y, aun así, unas horas después vuelvo a abrirla como si nada hubiera pasado.
Lo curioso es que no creo que X sea una mala idea. Al contrario, me sigue pareciendo una herramienta brillante para enterarme de lo que está ocurriendo prácticamente en tiempo real. Muchas noticias importantes aparecen allí antes de llegar a los medios tradicionales y, para alguien que se dedica a seguir la actualidad, eso tiene un valor enorme.
El problema es el contenido que acaba dominando la experiencia. Entro buscando información y termino atravesando un feed lleno de discusiones políticas, vídeos diseñados para indignar, noticias descontextualizadas y enfrentamientos entre personas que ni conozco. Puedes estar teniendo el mejor día de tu vida y, después de treinta segundos dentro de X, ya estás enfadado por algo que ni siquiera sabías que existía.
Tengo la sensación de que el algoritmo premia precisamente ese tipo de contenido porque es el que más reacciones genera. Cuando algo te molesta es mucho más probable que respondas, cites, compartas o entres en los comentarios para ver hasta dónde llega la pelea. La plataforma no necesita convencerte de nada, porque le basta con conseguir que no apartes la vista de la pantalla.
El problema es que esa lógica va construyendo una versión del mundo en la que todo parece estar permanentemente al borde del colapso. Cada publicación es una guerra, cada tema exige posicionarse y cualquier matiz parece una muestra de cobardía o complicidad. La conversación deja de servir para entender algo y se convierte en una sucesión de bandos intentando imponerse al otro.
Además, mi feed ya no se limita ni siquiera a lo que ocurre en España. Me aparecen publicaciones de Irán, Turquía, China, Estados Unidos y prácticamente cualquier lugar del mundo, muchas veces traducidas automáticamente y recomendadas por el algoritmo aunque yo no siga esas cuentas. Acabo consumiendo debates políticos, culturales y sociales de países de los que apenas tengo contexto, pero que X presenta como si fueran asuntos fundamentales para mi vida.
Eliminar la barrera del idioma podría haber servido para descubrir ideas, culturas y conversaciones interesantes. Sin embargo, en mi caso parece haber servido sobre todo para importar conflictos, propaganda y guerras culturales de medio planeta. Ya no tengo suficiente con nuestras propias polémicas, porque ahora también puedo enfadarme con las de iraníes, turcos, chinos, estadounidenses o británicos.
A todo eso hay que añadir los bots, las cuentas automatizadas, los perfiles que repiten consignas y quienes utilizan la plataforma únicamente para manipular conversaciones. En muchas discusiones ya ni siquiera sabes si estás viendo una opinión real, una campaña organizada o una respuesta generada para aumentar artificialmente la visibilidad de un tema. Esa incertidumbre hace que la plataforma resulte todavía más agotadora, porque no solo tienes que interpretar lo que lees, sino también preguntarte quién o qué hay detrás.
X sigue siendo una red extraordinaria para saber que algo está pasando, pero cada vez me parece peor para entender qué está pasando realmente. La velocidad ayuda a detectar una noticia, aunque también favorece el ruido, la falta de contexto y la difusión de mensajes que apelan directamente al miedo, la rabia o la identidad. Al final, la información importante aparece mezclada con tanta basura que encontrarla exige pagar un peaje emocional demasiado alto.
Lo más absurdo es que soy consciente de todo esto mientras la utilizo. Mientras hago scroll pienso que debería cerrar la aplicación, que no me está aportando nada bueno y que probablemente acabaré más enfadado de lo que entré. Sin embargo, pasan unas horas y vuelvo porque sigo teniendo la sensación de que, si la elimino, perderé la forma más rápida de enterarme de lo que ocurre.
Supongo que esa es la razón por la que describo mi relación con X como tóxica. No porque todo lo que ofrece sea malo, sino porque lo bueno pesa lo suficiente como para que siga aceptando todo lo demás. Me mantiene informado, pero también crispado; me conecta con el mundo, pero me muestra una versión del mundo en la que todo parece peor, más agresivo y más absurdo de lo que probablemente es.
X continúa siendo una de las herramientas más útiles que conozco y, al mismo tiempo, una de las aplicaciones que peor me hace sentir. Esa contradicción es precisamente la que me hace querer desinstalarla cada vez que entro y la que, de momento, consigue que nunca termine haciéndolo.