El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha dejado de ser únicamente una sucesión de ataques militares. El verdadero peligro empieza a notarse en el estrecho de Ormuz, una franja de mar pequeña en el mapa, pero decisiva para el suministro energético mundial.
Durante las últimas horas, el tráfico comercial por la zona se ha desplomado mientras Washington amplía sus ataques contra infraestructuras iraníes y Teherán responde contra instalaciones estadounidenses repartidas por Oriente Próximo. El barril de Brent vuelve a moverse alrededor de los 85 dólares y acumula una subida cercana al 12 % durante la semana.
Qué ha pasado en Ormuz
Irán ha declarado cerrado el estrecho y Estados Unidos ha recuperado el bloqueo de puertos iraníes. Aunque no existe una barrera física que impida atravesarlo, muchas navieras y aseguradoras están evitando la zona por el riesgo de ataques, abordajes o daños a sus buques.
La consecuencia práctica es muy parecida a un cierre: el paso de petroleros y barcos de gas se ha reducido drásticamente. Reuters explica que la campaña estadounidense ha empezado a alcanzar puentes, aeropuertos, puertos y otras infraestructuras, mientras Irán ha atacado bases e instalaciones de Estados Unidos en varios países del Golfo.
Hasta ahora ambas partes habían intentado limitar los golpes sobre los grandes activos económicos. Ese freno parece estar desapareciendo. Cuanto más se amplíen los objetivos, mayor será la probabilidad de que Irán responda contra instalaciones petroleras, redes eléctricas o rutas marítimas.
Por qué importa tanto un paso tan pequeño
Ormuz conecta el golfo Pérsico con el mar Arábigo. Por allí sale una parte muy importante del petróleo y del gas producido por Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e Irán.
El problema no es únicamente que deje de circular combustible iraní. También queda amenazada la producción de países que no participan directamente en la guerra. Existen oleoductos alternativos, pero no tienen capacidad suficiente para sustituir todo el tráfico marítimo.
Además, el coste empieza a subir antes de que falte realmente el petróleo. Las aseguradoras elevan las primas, los buques cambian sus rutas y los compradores pagan más para asegurarse el suministro. Todo eso termina incluido en el precio final.
Cómo puede afectarnos en España
El primer impacto visible estaría en la gasolina y el diésel. Después llegaría al transporte de mercancías, a los vuelos y a las empresas que utilizan derivados del petróleo como materia prima.
La electricidad no depende directamente del crudo, pero una crisis prolongada también puede encarecer el gas natural. En España, además, julio ya está siendo más caro por el aumento del consumo asociado al calor y por la menor aportación de la energía eólica e hidráulica.
El golpe más delicado sería sobre la inflación. Europa empezaba a dar por controlada la subida de precios, pero una nueva crisis energética podría obligar al Banco Central Europeo a frenar las bajadas de tipos o incluso replantear su estrategia.
Qué puede ocurrir ahora
Hay tres escenarios. El mejor sería una desescalada rápida que permitiera recuperar el tráfico en pocos días. El intermedio mantendría los ataques, pero sin destruir grandes instalaciones energéticas. El peor incluiría ataques contra petroleras, una intervención más directa de los hutíes en el mar Rojo y el cierre simultáneo de dos rutas esenciales.
No estamos todavía ante una repetición automática de las grandes crisis del petróleo. Hay reservas estratégicas, más proveedores y herramientas para amortiguar parte del impacto. Pero cada día que Ormuz permanezca casi vacío aumenta el coste y reduce el margen de maniobra.
La guerra se libra a miles de kilómetros. Su factura, sin embargo, puede terminar apareciendo en la gasolinera, en la compra y en la cuota de la hipoteca.