Calor en verano, sí. Pero no este calor

Hay una frase que se repite mucho estos días, casi siempre con tono de reproche: “es verano, claro que hace calor”. Y sí, es verdad. En verano hace calor. En España, además, esto no nos pilla precisamente por sorpresa. Hemos crecido con persianas bajadas, ventiladores apuntando a la ventana, toldos improvisados, terrazas que no arrancan hasta que cae el sol y esa sabiduría popular de no salir a la calle a ciertas horas si no es estrictamente necesario.

Pero una cosa es el calor de verano y otra muy distinta es este calor. No hablo solo de ver 40 grados en el móvil a las cuatro de la tarde. Eso impresiona, claro, pero casi diría que no es lo peor. Lo peor llega cuando son las dos de la mañana y el termómetro sigue marcando 27 o 28 grados. Cuando abres la ventana y no entra fresco, sino una especie de aliento caliente de ciudad. Cuando la casa no respira. Cuando duermes mal, te levantas peor y al día siguiente empiezas otra vez la partida con el cuerpo cansado.

Ahí es donde creo que mucha gente nota el cambio, incluso aunque no tenga ganas de entrar en grandes debates climáticos. El calor de día se puede esquivar a ratos. El calor de noche, cuando no baja, se mete en casa, en el cuerpo y en el ánimo.

La mala suerte también existe

Creo que conviene decirlo claro: no todo episodio extremo nace directamente del cambio climático como si alguien hubiera pulsado un botón rojo. La atmósfera tiene sus propios caprichos. Hay años en los que las borrascas entran una detrás de otra, como nos ha pasado este invierno en España con lluvias y nevadas importantes. De hecho, AEMET resumió el invierno 2025-2026 como muy cálido y muy húmedo en España, con buena parte de la Península entre valores muy húmedos o extremadamente húmedos.

Con el calor pasa algo parecido. Hay momentos en los que la corriente en chorro, las altas presiones y los bloqueos atmosféricos se colocan de tal forma que el aire cálido sube hacia zonas donde normalmente no pega con tanta fuerza. Este inicio de verano ha sido curioso precisamente por eso: no ha sido solo “el sur de Europa se asa, como siempre”. El calor también ha golpeado con dureza al centro y norte del continente, en lugares donde muchas casas, ciudades y costumbres están menos preparadas para convivir varios días con temperaturas muy altas.

El Met Office explicaba este episodio con una combinación de altas presiones cerca de Reino Unido y una caída de la corriente en chorro al oeste, lo que ha permitido que el aire cálido se desplazara hacia el norte. Dicho de otra forma: sí, hay una parte de mala suerte atmosférica. La atmósfera se coloca de una manera concreta y te toca.

La misma jugada, pero con cartas marcadas

Ahora bien, que haya mala suerte no significa que todo sea casualidad. La diferencia está en la temperatura de fondo. Si la atmósfera se coloca de una forma determinada, el resultado ya no es el mismo que hace 40 o 50 años. Con un clima más cálido, una misma situación puede acabar dejando temperaturas más altas, noches más duras, más humedad incómoda y más estrés para el cuerpo.

Por eso me gusta verlo así: la meteorología pone la jugada y el cambio climático sube la apuesta. No hace falta decir que “vamos a morir todos” ni convertir cada verano en una distopía. Pero tampoco tiene sentido hacer como si no pasara nada. World Weather Attribution ha señalado que las emisiones de combustibles fósiles han empeorado rápidamente las olas de calor europeas en las últimas décadas.

Para mí, esta es la forma más centrada de contarlo. No es que cada ola de calor sea una prueba definitiva del fin del mundo. Es que cada ola de calor ocurre ya en un escenario más cálido que el de antes. El verano sigue siendo verano, pero el margen de seguridad se ha estrechado.

El problema no son solo los 40 grados

Hay algo que se entiende muy bien cuando lo vives: el calor fuerte por el día se soporta mejor si la noche perdona. Puedes encerrarte en casa, bajar persianas, beber agua, evitar salir, trabajar más lento o esperar a que pase lo peor. Pero si por la noche la temperatura no baja, el calor deja de ser un momento del día y se convierte en un estado permanente.

Dormir mal no es una anécdota. Dormir mal varios días seguidos afecta al humor, al trabajo, al cuerpo y a la paciencia. No es solo incomodidad. Es cansancio acumulado. Es vivir con la sensación de que no hay descanso térmico.

Además, en las ciudades esto se multiplica. El asfalto, el hormigón, los edificios, los coches, los aparatos de aire acondicionado expulsando calor a la calle, la falta de sombra y la poca vegetación hacen que el calor se quede atrapado. Lo que durante el día absorben las calles, por la noche lo devuelven poco a poco. Y por eso esos 28 grados nocturnos en una ciudad no se sienten como 28 grados agradables. Se sienten como una habitación que nunca termina de enfriarse.

Hemos construido ciudades que retienen calor

Aquí creo que hay otra parte importante del debate. No todo depende del cielo. También depende de cómo hemos construido el suelo. Durante décadas hemos pensado muchas ciudades desde el coche, desde la obra rápida, desde la plaza dura, desde el mantenimiento fácil y desde una idea de modernidad muy mineral: mucho pavimento, mucha superficie lisa, mucho espacio despejado y pocos árboles donde de verdad hacen falta.

Cuando llega una ola de calor, esa ciudad se convierte en una plancha. No es una metáfora especialmente elegante, pero cualquiera que haya cruzado una plaza sin sombra a las cuatro de la tarde sabe perfectamente de qué hablo.

Por eso decir que con más verde estaríamos más frescos no es una frase buenista. Es bastante literal. Los árboles dan sombra, reducen la temperatura de las superficies, mejoran la sensación térmica y ayudan a enfriar el entorno mediante evapotranspiración. Un estudio publicado en Nature Communications estima que la cobertura arbórea urbana reduce de forma significativa el efecto isla de calor en grandes áreas urbanas.

Eso sí, no vale cualquier verde. Cuatro macetas decorativas o un césped mal pensado no arreglan una ciudad. Lo que cambia de verdad las cosas es tener arbolado urbano bien distribuido, sombra real en las calles, parques conectados, menos superficie asfaltada donde se pueda, materiales que no acumulen tanto calor y plazas pensadas para estar, no solo para hacer bonito en una foto de inauguración.

También vestimos y vivimos peor para este calor

Hay otro detalle del que se habla menos: no solo hace más calor, también muchas veces nos enfrentamos a ese calor con peores herramientas. Vestimos ropa más barata, más sintética y más pensada para aguantar lavadoras, temporadas rápidas y precios bajos que para respirar bien en una tarde de julio.

No todo lo sintético es malo, claro. Hay ropa técnica fantástica para hacer deporte, protegerse del sol o evacuar sudor en situaciones concretas. El problema es otra cosa: buena parte de la moda cotidiana está llena de poliéster, mezclas plásticas y tejidos que pueden ser resistentes, baratos y fáciles de producir, pero no siempre agradables cuando la ciudad se pone a 38 grados y la noche no baja de 28.

Aquí hay un dato interesante: Textile Exchange estima que el poliéster representa alrededor del 59% de la producción global de fibras, y que la mayoría sigue siendo de origen fósil. Eso no significa que tengamos que vestir todos como si viviéramos en una postal mediterránea de lino blanco, pero sí ayuda a entender por qué a veces la ropa que llevamos parece hecha para otro clima o, directamente, para otro tipo de vida.

De hecho, estos días se han multiplicado las guías de moda para calor extremo, con una recomendación bastante lógica: tejidos más ligeros, más transpirables y más adecuados para temperaturas altas. The Guardian apuntaba al lino y al algodón ligero como opciones más cómodas frente a algunos sintéticos que pueden retener calor u olor, mientras Vogue hablaba de cómo la moda empieza a adaptarse a veranos más duros con tejidos frescos, protección solar y prendas pensadas para regular mejor la temperatura.

Con las casas pasa algo parecido. Hemos construido mucho, rápido y muchas veces sin pensar en el verano que viene. Viviendas que dependen demasiado del aire acondicionado, calles sin sombra, plazas duras, fachadas que reciben sol durante horas, ventanas enormes sin protección suficiente y materiales que acumulan calor durante el día para devolverlo por la noche.

No es solo una cuestión climática. También es una cuestión material. Quizá antes muchas soluciones parecían antiguas o poco modernas: persianas, toldos, patios, ventilación cruzada, paredes gruesas, sombra, árboles, ropa de lino, algodón ligero, colores claros. Pero ahora algunas de esas ideas empiezan a parecer menos cosa de abuelos y más tecnología de supervivencia cotidiana.

A veces adaptarse al calor no va de inventar algo nuevo, sino de recuperar cosas que ya sabíamos y que dejamos atrás porque parecían menos rentables, menos rápidas o menos bonitas en una promoción inmobiliaria.

No es ideología, es experiencia

Entiendo que a mucha gente le canse el tono catastrofista. A mí también. Hay veces en las que parece que cualquier conversación sobre el clima se convierte automáticamente en una bronca moral. Y eso genera rechazo, incluso en personas que sí notan que algo está cambiando.

Quizá por eso mismo conviene hablar de esto desde la experiencia. No hace falta mirar una gráfica para saber que una noche a 28 grados en Madrid es una faena. No hace falta ser climatólogo para notar que una calle sin árboles es mucho más insoportable que una calle con sombra. No hace falta vivir asustado para entender que si cada verano tenemos más noches tropicales o tórridas, habrá que adaptar casas, horarios, ciudades y hábitos.

La cuestión no es vivir con miedo. La cuestión es dejar de fingir que esto va solo de “aguantar un poco”. Probablemente vamos a tener que convivir con veranos más duros, aunque no todos los años sean iguales. Habrá años más suaves, años raros, años con más tormentas, años con más calor en el norte que en el sur y años en los que la mala suerte atmosférica nos dé una tregua.

Pero la tendencia de fondo está ahí. Cuando el calor llega, llega sobre un escenario más cálido y sobre ciudades que muchas veces no están preparadas. Y si además vestimos con materiales poco transpirables, vivimos en casas mal aisladas y llenamos las calles de superficies que acumulan calor, la experiencia cotidiana empeora mucho más de lo que dice el número del termómetro.

Calor de verano, pero con menos escapatoria

Por eso me quedo con esa idea: calor en verano, sí. Pero no este calor. No porque antes no hiciera calor, ni porque cada verano tenga que leerse como una emergencia absoluta, sino porque el calor actual tiene menos escapatoria.

Es un calor que a veces no se va por la noche. Que convierte una casa sin buen aislamiento en una trampa. Que golpea también a zonas de Europa menos acostumbradas. Que se agrava porque el clima de fondo es más cálido. Que nuestras ciudades amplifican porque tienen demasiado asfalto y poca sombra. Y que además vivimos con ropa, casas y materiales que no siempre están pensados para ayudarnos a soportarlo.

No hace falta exagerar para tomárselo en serio. Quizá el debate no debería ser si hace calor porque es verano o porque el clima está cambiando. La respuesta más honesta es que pasan varias cosas a la vez: es verano, la atmósfera ha tenido mala suerte y el mundo en el que ocurre todo eso ya es más cálido que antes.

Mientras discutimos cómo llamarlo, hay algo bastante más práctico que podríamos ir haciendo: preparar mejor las ciudades, las casas y hasta la forma en la que vestimos para que, cuando llegue la próxima, al menos la noche vuelva a perdonar un poco.


1 comentario en «Calor en verano, sí. Pero no este calor»

Deja un comentario