La gasolina seguirá cara, pero octubre trae una rebaja de 20 céntimos por litro

El 1 de octubre podía haber sido bastante peor.

Durante septiembre, el precio de los carburantes volvió a dispararse y la gasolina 95 llegó a moverse alrededor de los 1,90 euros por litro en buena parte de España. El problema no era únicamente lo que estábamos pagando en el surtidor, sino lo que podía ocurrir cuando terminasen las medidas fiscales extraordinarias aprobadas durante el verano.

Finalmente no van a desaparecer.

El Gobierno ha prorrogado las ayudas a los carburantes hasta final de año y, además, ha decidido aumentar durante octubre la rebaja fiscal hasta el equivalente a 20 céntimos por litro para gasolina y diésel. La medida está incluida en el Real Decreto-ley 25/2026, publicado en el BOE el 30 de septiembre.

Eso no significa que vayamos a volver de repente a la gasolina barata. Más bien significa que el Estado intenta evitar que una situación ya bastante complicada se ponga todavía peor.

Octubre empieza con 20 céntimos de colchón

La medida funciona mediante una reducción temporal del Impuesto sobre Hidrocarburos.

Durante octubre, la rebaja equivale a 20 céntimos por litro tanto para las gasolinas como para el gasóleo. En noviembre se reducirá inicialmente a 13 céntimos y en diciembre a 6 céntimos, según el calendario anunciado por el Gobierno.

Pero hay una letra pequeña importante.

El Gobierno ha introducido un mecanismo de salvaguarda que puede volver a elevar la bonificación hasta los 20 céntimos si los precios siguen creciendo con fuerza.

Para noviembre, por ejemplo, el BOE establece tipos reducidos adicionales si el IPC de la gasolina de septiembre aumenta más de un 15% respecto al mismo mes del año anterior. En diciembre se repetirá un mecanismo similar tomando como referencia la evolución de octubre.

Es decir, el calendario dice 20, 13 y 6 céntimos, pero esos 13 y 6 no están completamente escritos en piedra.

El problema es que los carburantes ya están empujando toda la inflación

La decisión no llega por casualidad.

El dato adelantado del IPC de septiembre ha situado la inflación española en el 4,9% interanual, seis décimas más que en agosto y su nivel más alto en más de tres años. El propio INE señala directamente al encarecimiento de los combustibles y lubricantes para vehículos como uno de los principales responsables del aumento.

Y aquí está la parte que suele perderse cuando reducimos el debate a cuánto cuesta llenar nuestro coche.

La gasolina cara molesta. El diésel caro se mete en la economía.

Camiones, reparto, transporte de mercancías, maquinaria agrícola y buena parte de la logística española siguen dependiendo de él. Cuando el combustible sube de forma sostenida, transportar prácticamente cualquier producto también cuesta más.

Después empiezan las segundas derivadas.

Una empresa paga más por mover mercancía. El supermercado paga más por recibirla. El productor paga más por trabajar. Y una parte de ese coste termina llegando, tarde o temprano, al consumidor.

No es una teoría especialmente sofisticada. Es simplemente una cadena.

La rebaja no garantiza que veamos 20 céntimos menos mañana

Aquí conviene hacer una distinción importante.

Que el Estado reduzca la fiscalidad en una cantidad equivalente a 20 céntimos por litro no significa necesariamente que mañana todas las gasolineras vayan a bajar exactamente 20 céntimos sus paneles.

El precio final que vemos incluye el coste del producto, impuestos, distribución, márgenes y multitud de movimientos que se producen constantemente en los mercados mayoristas.

De hecho, el propio Gobierno ha encargado a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia un estudio sobre la formación de los precios mayoristas y minoristas y sobre cuánto de estas medidas termina trasladándose realmente al consumidor.

Ese análisis tiene bastante sentido.

Si el petróleo o los productos refinados suben diez céntimos mientras Hacienda recorta veinte, el consumidor puede acabar viendo una caída de diez. Y si el mercado sigue tensionándose todavía más, parte de la rebaja simplemente servirá para evitar nuevas subidas.

La ayuda actúa como un amortiguador. No como un botón mágico que devuelve los precios a 2020.

Y el precio internacional sigue siendo el elefante en la habitación

España puede modificar impuestos, conceder ayudas y desplegar escudos temporales.

Lo que no puede hacer es decidir cuánto cuesta un barril de petróleo en los mercados internacionales.

El deterioro de la situación energética provocado por el conflicto en Oriente Próximo ha obligado precisamente al Gobierno a aprobar este tercer paquete de medidas. La Moncloa reconoce expresamente que la prórroga responde al empeoramiento del precio del crudo y a las tensiones energéticas internacionales.

Por eso resulta engañoso pensar en los 20 céntimos como una solución al problema.

Son una forma de comprar tiempo.

También hay una ayuda extra para quien vive del combustible

Para los profesionales del transporte la estructura es algo diferente.

Además de la rebaja general del impuesto, el Gobierno mantiene durante el último trimestre las ayudas al gasóleo profesional. Para los vehículos que pueden beneficiarse de la devolución parcial del Impuesto sobre Hidrocarburos se establece una ayuda adicional de 5 céntimos por litro en octubre, 12 en noviembre y 19 en diciembre.

Puede parecer extraño que esa ayuda crezca precisamente cuando disminuye la rebaja general, pero tiene lógica: pretende mantener una protección relativamente estable para uno de los sectores más expuestos al precio del combustible.

También continúan medidas específicas para agricultura, pesca, transporte marítimo y ferroviario. En el caso del gasóleo B utilizado en agricultura se mantiene una bonificación de 20 céntimos por litro.

Hemos evitado el golpe de octubre, no el problema

La noticia de este 1 de octubre es, por tanto, bastante sencilla.

La ayuda no desaparece.

Al contrario: durante este mes la rebaja fiscal sube hasta los 20 céntimos por litro.

Eso evita que el final de las medidas de septiembre provoque un salto adicional en el surtidor justo en un momento en el que los combustibles ya están presionando la inflación.

Pero tampoco cambia la fotografía de fondo.

Seguimos dependiendo de un mercado energético extremadamente sensible a cualquier tensión internacional, el precio de los carburantes continúa siendo elevado y el Estado ha tenido que volver a reducir impuestos para contener el golpe.

Quizá la mejor forma de entender esta medida sea precisamente esa.

No estamos ante gasolina barata.

Estamos pagando gasolina cara con un colchón de 20 céntimos.

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