Spotify quiere que hagamos el pódcast en su casa

Me ha llegado un correo de Spotify: el 20 de octubre traerá a España su programa de monetización para pódcasts. No es un programa nuevo. Empezó en enero de 2025 en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia; ahora se amplía a más países, entre ellos el nuestro.

He pensado en quien lleva meses preparando temas, grabando y editando para luego mirar las estadísticas y preguntarse si todo ese trabajo dará alguna vez para pagar una factura. Entiendo que la posibilidad de cobrar llame la atención. A mí también me la llamaría. Después he leído las condiciones y me ha surgido otra pregunta: ¿por qué tiene Spotify tanto interés en pagar por nuestros pódcasts?

Para solicitar la entrada en el Spotify Partner Program necesitas al menos tres episodios, 2.000 horas de consumo y 1.000 oyentes en Spotify durante los últimos 30 días. Si entras directamente a través de Spotify for Creators, además debes alojar allí el programa; si utilizas otra plataforma de alojamiento, tendrás que comprobar si tu proveedor ofrece acceso al programa. La compañía revisa después tu solicitud. Ofrece ingresos por anuncios y por reproducciones de vídeo de usuarios Premium, aunque cumplir los requisitos no te dice cuánto vas a cobrar. Spotify habla del 50 % de los ingresos que reconoce por la publicidad que monetiza mediante el programa. La cifra suena concreta; la futura transferencia a tu cuenta, bastante menos.

El pódcast que antes escuchabas ahora también se ve

Si te digo «pódcast», quizá pienses en unos auriculares. Pero seguro que alguna vez has descubierto uno por un clip y has terminado viendo una hora de conversación en YouTube. A mí me cuesta ya separar del todo las dos cosas. Hay programas que se preparan pensando tanto en quien escucha mientras camina como en quien se sienta a verlos.

Spotify quiere estar en los dos momentos. Ya tiene el hábito de la escucha; ahora busca que no te vayas a YouTube cuando aparece la imagen. Y para conseguirlo necesita a quienes hacen los programas. Mi lectura es que el dinero sirve para atraer creadores y, con ellos, espectadores. Spotify presenta el programa como una oportunidad de monetización, que también puede serlo.

Si haces un pódcast, ¿Spotify o YouTube?

Yo sacaría papel y boli antes de elegir. Para acceder al reparto de anuncios en vídeos largos, YouTube exige 1.000 suscriptores y 4.000 horas públicas válidas de visualización en los últimos 12 meses. Spotify pide 1.000 oyentes y 2.000 horas de consumo en los últimos 30 días, además de los tres episodios. Las horas se miden durante periodos distintos, y un suscriptor de YouTube tampoco equivale necesariamente a un oyente de Spotify. Quedarse con que «2.000 es menos que 4.000» sería hacerse trampas.

Con los porcentajes pasa algo parecido. YouTube indica que paga el 55 % de los ingresos netos de determinados anuncios en la página de visualización. Spotify habla del 50 % de los ingresos publicitarios que reconoce dentro de su programa y añade una vía de pago para el vídeo visto por usuarios Premium, calculada con una fórmula propia que puede modificar. Yo no escogería entre ambas porque 55 sea mayor que 50: las bases de cálculo son distintas y ninguna promete un ingreso fijo por episodio.

También pensaría en dónde está mi público. Si hago un programa que se entiende mejor viendo las caras, las demostraciones o lo que ocurre en pantalla, YouTube me parece difícil de ignorar. Si mis oyentes suelen poner episodios completos mientras hacen otras cosas, Spotify encaja muy bien en ese hábito. Y si puedo estar en ambos sitios, no veo por qué obligaría a la audiencia a elegir uno.

La calculadora sigue siendo suya

No quiero convertir a Spotify en el malo de esta historia. No exige crear un programa desde cero ni publicarlo en exclusiva allí. Si un creador puede ganar dinero con su trabajo, me parece razonable que estudie la oferta.

Pero incluso después de entrar hay condiciones para seguir dentro. Spotify exige que, en cualquier periodo de seis meses, el programa haya publicado al menos un episodio y generado como mínimo 10 dólares. No es una exigencia absurda, pero sí un recordatorio de quién pone las reglas del juego.

Lo que me preocupa es acostumbrarme a tomar todas mis decisiones según las métricas de una sola empresa. Hoy Spotify pide 2.000 horas en 30 días. Mañana puede cambiar los requisitos o la fórmula de pago: se reserva esa posibilidad. YouTube también tiene sus reglas y puede cambiarlas. Ninguna de las dos me regalaría independencia a cambio de subir archivos.

Si yo estuviera levantando un pódcast, aprovecharía las oportunidades de ambas. Pero cuidaría también una web, una forma directa de hablar con quienes me escuchan y la posibilidad de distribuir cada episodio en varios lugares. Así podría celebrar que Spotify quisiera pagarme sin tener que darle las llaves de toda la casa.

El correo sigue en mi bandeja de entrada. La oferta me parece interesante. Solo que ahora, además de mirar cuánto podría ganar, me fijo en quién sujeta la calculadora.

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