Shakira ha montado en Madrid algo bastante más grande que un concierto. Y lo curioso es que, después de estar allí, todo ese despliegue casi termina siendo secundario. Puedes hablar de Macondo Park, de las zonas tematizadas, de la residencia, de los precios o de hacia dónde puede ir la industria musical, pero al final todo depende de algo mucho más simple: salir al escenario y conseguir que decenas de miles de personas se lo pasen bien durante más de dos horas.
Shakira lo consigue. Para mí, el espectáculo es un 10.


Desde que aparece, es un no parar
Yo estuve en pista, bastante atrás porque prefiero tener espacio, moverme tranquilo y ver el espectáculo completo. Creo que acerté. Había sitio suficiente, el sonido me pareció muy bueno y desde esa posición se aprecia bien toda la producción. El recinto es enorme y desde algunas zonas se agradecería alguna pantalla adicional, sobre todo en determinadas gradas donde la distancia respecto al escenario es importante, pero cuando empieza el concierto todo eso deja de importar bastante rápido.

La entrada de Shakira ya marca el tono. Aparece recorriendo el recinto acompañada por su séquito y, desde ahí, prácticamente no hay descanso. Durante más de dos horas enlaza distintas etapas de su carrera con una energía absurda, baila, canta, cambia de registro y encadena canciones que llevas escuchando probablemente media vida. Es Shakira, son temazos y alrededor tienes a miles de personas que han ido con unas ganas tremendas de disfrutar.

Eso se nota muchísimo. Hay conciertos en los que parece que el artista tiene que ganarse al público poco a poco; aquí el público ya entra ganado de casa. Yo terminé con dolor de espalda intentando imitar algunos de sus bailes, lo que seguramente diga más de mi edad que del concierto, pero también explica bastante bien hasta qué punto consigue meterte dentro del show.


Y eso que fui el primer día y me tocó sin invitado sorpresa. No me hizo falta. Shakira sostiene perfectamente el espectáculo ella sola.
Las lobas funcionan mejor que el despecho
Toda esta etapa de Shakira tiene un relato muy claro: ruptura, dolor, despecho y reconstrucción. Pero también hay mucho mensaje dirigido especialmente a las mujeres: que no se dejen menospreciar, que sean conscientes de su valor, que se apoyen entre ellas y que juntas son más fuertes. Esa idea de las “lobas” funciona muy bien porque el discurso deja de ser únicamente la historia de Shakira y pasa a convertirse en algo que muchas personas del público pueden hacer suyo.

Se nota en cómo responde la gente y en cómo determinadas canciones se convierten casi en una declaración colectiva. El problema aparece cuando la narrativa vuelve demasiado a su historia personal. Entiendo que forma parte de toda esta etapa y del personaje que ha construido alrededor de la ruptura, pero hay momentos en los que me chirría.
Cuando Shakira cuenta que se sintió como una mujer abandonada que no sabía cómo iba a mantener a sus hijos, cuesta no detectar cierta disonancia. No porque una persona rica o famosa no pueda sufrir una ruptura, claro que puede, sino porque estamos viendo a una de las artistas más exitosas del planeta, dentro de una producción gigantesca, delante de decenas de miles de personas y en una residencia construida prácticamente alrededor de su figura.

Presentar esa situación desde una posición cercana a la incertidumbre económica es difícil de comprar literalmente. Me funciona mucho mejor cuando el mensaje deja de ser “mirad lo que me hicieron” y pasa a ser “no permitáis que nadie os haga sentir menos”. Ahí sí conecta mucho más.
Y luego está la ciudad de Shakira
La otra parte interesante empieza fuera del escenario. Macondo Park convierte la residencia en algo bastante más cercano a una pequeña ciudad dedicada a Shakira y a sus fans, con zonas tematizadas, actividades, restauración, merchandising y espacios pensados para que la gente llegue mucho antes del concierto y pase allí buena parte del día.
Y creo que esto importa bastante más de lo que parece. Durante años, la experiencia alrededor de los grandes conciertos era bastante básica: llegabas, comprabas una camiseta si te apetecía, bebías algo, veías el concierto y te ibas. Aquí la lógica cambia porque el concierto sigue siendo el centro, pero todo lo demás empieza a tener entidad propia. El puesto de camisetas se ha quedado pequeño.
La residencia puede ser el nuevo gran formato
Las residencias no son precisamente nuevas. Las Vegas lleva décadas explotando el modelo y Bad Bunny ha demostrado recientemente hasta qué punto una residencia puede convertirse en un acontecimiento cultural y turístico. Pero Shakira añade algo más: no se trata solo de hacer varios conciertos seguidos en la misma ciudad, sino de construir una infraestructura alrededor.
Y eso cambia las reglas. Si vas a permanecer semanas en el mismo recinto, puedes invertir más en producción, crear espacios permanentes, organizar actividades y montar algo mucho más cercano a un festival de una sola artista. Aquí sí creo que vamos a ver imitadores.
Para determinados artistas quizá tenga menos sentido recorrer treinta ciudades con el mismo montaje y más escoger cinco o seis grandes destinos, instalarse varias semanas y conseguir que sea el público quien viaje. Menos gira y más destino.
El problema es que también quieren cobrarte como si fuera un festival
Aquí llega mi principal crítica a todo lo que rodea al concierto: los precios. Estás pagando fácilmente ciento y pico euros o más por pasar un día allí, dependiendo de tu entrada. Por esas cifras ya empiezas a acercarte bastante a lo que cuestan algunas jornadas completas de festival.

Y una vez dentro tampoco hay demasiada compasión. Pagar 3 euros simplemente por un vaso me parece desproporcionado. La comida y las bebidas también me parecieron por encima de lo que solemos encontrarnos incluso en festivales, donde precisamente nadie espera precios populares.
Creo que aquí han perdido una oportunidad. Si has construido una ciudad alrededor de Shakira y quieres que la gente llegue pronto, coma allí, recorra las instalaciones y pase buena parte del día dentro, lo lógico sería incentivar eso. Con precios algo más contenidos, seguramente mucha más gente habría vivido Macondo Park como una experiencia de día completo.
Pero probablemente las cuentas digan justo lo contrario. Si puedes llenar el recinto, vender entradas por encima de los cien euros y además mantener un gasto elevado dentro, comercialmente la jugada tiene bastante sentido. Para el público, bastante menos.
El concierto como destino
Lo interesante es lo que ocurre si este formato funciona. Porque entonces el negocio deja de ser únicamente vender una entrada y pasa a ser conseguir que viajes, llegues pronto, comas allí, compres merchandising, recorras las instalaciones, participes en actividades y termines viendo el concierto.
Un espectáculo dura un par de horas; una experiencia puede ocupar medio día. Desde el punto de vista económico eso cambia bastante las cosas, porque cada asistente deja de ser solo una entrada vendida y pasa a convertirse en muchas oportunidades de gasto. Muy romántico todo hasta que ves el precio del vaso.
Y Mad Cool debería estar mirando
Hay otra cuestión que me dejó pensando. Todo esto se celebra en Iberdrola Music, el mismo recinto donde se hace Mad Cool, y Shakira ha utilizado el espacio de una manera muy concreta para gestionar a decenas de miles de personas.
No sabemos si el festival cambiará su distribución ni hay ningún motivo para afirmar que vaya a hacerlo, pero sería raro que nadie estuviera tomando notas. La posición del escenario principal, los flujos de entrada y salida y la distribución de las distintas zonas ofrecen un experimento real a una escala enorme.
Quizás el próximo Mad Cool sea exactamente igual o quizás alguna de estas ideas termine apareciendo allí.
Al final, lo importante sigue siendo Shakira
Todo este análisis puede hacer parecer que Macondo Park es lo principal, pero no lo es. Lo principal sigue siendo salir al escenario y hacer un gran concierto, y ahí no tengo demasiadas dudas: para mí fue un 10.
Hay cosas mejorables. Faltan algunas pantallas, determinadas localidades quedan lejos, hay partes del discurso que me chirrían y los precios dentro del recinto son elevados. Pero cuando Shakira empieza a cantar, bailar y enlazar una canción detrás de otra, todo eso importa bastante menos.
Sales con la sensación de haber visto exactamente lo que esperabas de una artista de este tamaño: un espectáculo enorme, divertido y capaz de hacer que acabes intentando bailar como ella aunque tu espalda lleve ya unos cuantos años avisándote de que quizá deberías tener un poco más de dignidad.
Lo que no esperaba era salir pensando también que quizá había visto una pequeña pista de cómo pueden ser los grandes conciertos durante los próximos años.
Yo soy fan de Shakira, y aunque estoy de acuerdo con tus críticas, yo pienso que el show como tal no es un 10/10.
Hay bastantes aspectos a mejorar del show:
-imágenes en IA
-Shakira hablando muy poco inglés. Está residencia fue marketeada como europea, no solo de habla hispana.
-Poca conciencia del efecto de redes sociales: Hoy día se viralizan muchas cosas que pasan en los conciertos y creo que ella debería tratar de dejar de repetir lo que dice de un concierto para otro. Es normal que ella baile y cante las mismas canciones pero que hasta las palabras de un concierto a otro sean las mismas le resta al sentimiento de sinceridad en sus palabras. Hasta eso afecta que sus fans no consideren ir a varias fechas.
Me había olvidado por completo de las terribles imágenes de IA, mi cabeza decidió borrarlas de mi recuerdo jaja
Lo de que hable en español, ella misma reconoció que hizo esta residencia en Madrid por la comunidad hispana, por lo qu realmente es europea para que los hispanos puedan verla.
Y lo de decir siempre los mismo, es un guión, pasa siempre.
Muchas gracias por tu comentario, te voy a nombrar ahora que actualizo lo de la IA, si me dejas.